El Bien Y El Mal

El Bien Y El Mal

Bien (filosofía)

El bien es el valor otorgado a una acción de un individuo, es una inclinación natural a fomentar lo deseable, motivado por una comprensión del entorno, de las personas (por ejemplo a través de un profundo ejercicio de la empatía) y/o de uno mismo. Un conjunto de buenas acciones (acciones bien ejecutadas) que propugnan lo bueno para el propio individuo, o para terceros, o para una causa, o para la sociedad en general.

Algunas religiones, como la judía y la cristiana, contemplan la historia del mundo y la historia de cada ser humano como una lucha histórica entre el Bien y el Mal. De ahí que se promueva la virtud, como camino del Bien, y se combata al pecado, como camino del Mal. Incluso las profecías bíblicas predicen, para el futuro, el triunfo definitivo del Bien sobre el Mal.

Posturas filosóficas

Teoría metafísica, según la cual el Bien es la realidad, realidad perfecta o suprema, y es deseado como tal.

Teoría subjetiva, según la cual el Bien es lo deseado o lo que gusta, y se consigue tan solo realizando dichas acciones.

El pensamiento humano ha seguido estos dos caminos divergentes: lo absoluto y lo relativo. Entre los pensadores contemporáneos se mantienen aún ambos puntos de vista, aunque tiene más adeptos el relativo. Para el hombre moderno, que mira a la ciencia y a la razón con gran respeto, es difícil encontrar argumentos adecuados que justifiquen la teoría absoluta del bien y del mal.1

La postura relativista supone, incluso, que las actitudes básicas del hombre, tales como el amor y el miedo, que se asocian casi siempre al bien y al mal, respectivamente, producirán efectos distintos según las épocas y las sociedades en las cuales se produzcan, algo que no resulta fácil aceptar. Si no existe actitud mejor que otra, tampoco uno debería sentirse obligado a adoptarla.

Bien moral no es aquello que perfecciona a una realidad según su modo específico de ser y actuar, ya que para alcanzar tal perfección los modos concretos no están dados. Es la libertad quien tiene que elegirlos y dado que no está asegurado que alcancemos los fines naturales del hombre, la naturaleza humana tiene unas referencias orientativas para la libertad.

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Mal

La idea de mal o maldad se asocia a los accidentes naturales o comportamientos humanos que se consideran perjudiciales, destructivos o inmorales y son fuente de sufrimiento moral o físico. Puede ser estudiada por la ética o la moral, la antropología, la sociología,1 la política,2 el derecho, la religión3 y la filosofía.

Algunas definiciones indican que la maldad es el término que señala la ausencia de la bondad que debe tener un ente según su naturaleza o destino.4 De esta forma, el mal sería la característica de quien tiene una carencia, o de quien actúa fuera de un orden ético, convirtiéndose en consecuencia en algo malo.5

El mal para la ética

Para la ética es una condición negativa atribuida al ser humano que indica la ausencia de principios morales, bondad, caridad o afecto natural por el entorno y los entes que lo rodean. El mal para la sociología

Actuar con maldad también implica contravenir deliberadamente los códigos de conducta, moral o comportamiento oficialmente correctos u ortodoxos en un grupo social, acercándose al concepto sociológico de anomia. Philip Zimbardo sugirió en 2007 que los actos malvados de la gente son el resultado de la identidad colectiva, fundándose en su experiencia previa del Experimento de la cárcel de Stanford, que fue publicada en el libro The Lucifer Effect: Understanding How Good People Turn Evil. El mal para la filosofía

La cuestión filosófica sobre la naturaleza del mal depende de si la moralidad es absoluta, relativa o ilusoria. Con arreglo a ello se oponen distintos conceptos y escuelas de pensamiento: para el absolutismo moral, el bien y el mal son conceptos establecidos por una deidad o deidades, por la naturaleza, por la moral, por el sentido común o por alguna otra fuente.

Para el relativismo moral, las normas del bien y del mal son solo productos de una cultura local, costumbre o perjuicio determinados. Para la amoralidad el bien y el mal carecen de sentido, ya que no existe un ingrediente moral en la naturaleza, y el universalismo moral intenta encontrar un compromiso entre el sentido absoluto de la moral y el punto de vista relativista afirmando que que la moralidad solo es flexible hasta cierto punto y que lo que es realmente bueno o malo se puede determinar mediante el examen de lo que se considera comúnmente como el mal entre todos los seres humanos.

Entre los problemas que la existencia de mal ha planteado todos los tiempos, uno es de particular importancia: la cuestión de lo que es el mal o la maldad y por qué existe así como su concepto antagónico, el bien o bondad.

Escuelas filosóficas dualistas como el maniqueísmo plantean la existencia de estos dos principios antagónicos. Sócrates, en su teoría del intelectualismo moral, identifica el mal con la ignorancia. Para su discípulo Platón el mal es aquello en lo que no participa de ninguna manera la idea del Bien y entiende que como las ideas son perfectas y positivas, todo lo malo es imperfecto y exclusivo del mundo sensible, y escribió que hay relativamente pocas formas de hacer el bien y por el contrario infinidad de maneras de hacer el mal y que pueden tener un impacto mucho mayor en nuestras vidas y las vidas de otros seres capaces de sufrimiento.6 En Plotino, la materia es identificada como el mal y como la privación de toda forma de inteligibilidad.

Spinoza afirma que lo bueno es todo lo que es útil para nosotros, mientras que el mal es “lo que sin duda sabemos que nos impide poseer todo lo que es bueno”. Además afirma que “el conocimiento del mal es un conocimiento inadecuado”8 Leibniz afirma en su Ensayo de Teodicea. Acerca de la bondad de Dios, la libertad del hombre y el origen del mal (1710) que el bien es más abundante en el mundo que el mal, porque vivimos “en el mejor de los mundos posibles”.

Rousseau afirmaba que “no hacer el bien ya es un mal muy grande” y Edmund Burke que “para que triunfe el mal, basta con que los hombres de bien no hagan nada.” En Kant, el ser humano tendría una propensión hacia el mal, a pesar de su disposición original para el bien. Friedrich Nietzsche en su Más allá del bien y el mal (1886) afirma que hay que superar la moral judeocristiana y los filósofos del futuro deben transmutar sus valores creándose otros más propios y fundados en la voluntad de poder, el vitalismo dionisiaco, la imaginación y la autoafirmación, negando una moral universal y por tanto un mal único para todos los seres humanos.

Hannah Arendt, en Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal (Barcelona: Lumen, 1999) retoma la cuestión del mal radical kantiano, politizándolo. Analiza el mal cuando este se ciñe a grupos sociales o al propio Estado. Según la autora, el mal no es una categoría ontológica, no es naturaleza ni metafísica. Es político e histórico: es producido por seres humanos y se manifiesta solo cuando encuentra espacio institucional y estructural para ello, debido a una elección política. A la trivialización de la violencia corresponde, para Arendt, el vacío del pensamiento donde la banalidad del mal se asienta. Definiciones de filósofos

Tomás de Aquino: “Puesto que todo ser, en cuanto tal, es bueno, el mal, en la medida en que exista, pertenece al no-ser.”

Francisco Suárez: “[…] El mal no puede ser algo positivo que por su naturaleza y en sí mismo sea malo totalmente, el mal por el que una cosa se denomina mala no es una cosa o forma positiva ni tampoco es una mera negación, sino que es la privación de perfección debida a su ser.”

Descartes: “[…] Según la filosofía, el mal no es nada real, sino solo una privación.”

Malebranche: “El mal se puede tomar de tres maneras: como privación del bien, como dolor, o como la cosa que causa privación del bien o que produce dolor.

Leibniz: “El mal puede ser metafísico, físico y moral; el mal metafísico consiste en la simple imperfección, el mal físico en el padecimiento, y el mal moral en el pecado.”

Sartre: “El mal es el otro nacido del miedo que el hombre honesto tiene ante su libertad, es una proyección y una catarsis […] el otro que el ser, el otro que el bien, el otro que sí mismo.”

El mal para la antropología

El antropólogo estadounidense Ernest Becker, quien según el filósofo Sam Keen es un pionero en el desarrollo de un “Ciencia del Mal”,10 afirma que “la dinámica del mal se debe a la negación de la condición de criaturas”, es decir, cuando la “armadura del carácter” (desarrollada por la persona para reprimir el hecho de que se va a morir) falla en crear una autoilusión protectora, y el individuo se ve entonces ante una impotencia que comienza por infundirle angustia y, por fin, terror. Ya no es un ser humano “normal”, cuya neurosis proviene de la “negación de la muerte” y es amortiguada por un conjunto de símbolos y conceptos capaces de hacerlo vivir una vida adaptada. No: ahora él está sin máscaras ante la vida.

El mundo se le presenta como un ambiente hostil, lo que le obliga a intentar modificarlo para eliminar los accidentes, la inseguridad, que en el fondo no son más que aspectos inherentes a la vida en la Tierra. Para Becker, al no conseguirse actualizar la transferencia original, es decir, no depositar su necesidad de seguridad psíquica en un Ser trascendental, el individuo comienza a negar su condición de criatura y, por consiguiente, también la de sus semejantes, los cuales pueden entonces ser eliminados en el proceso de hacer el mundo un lugar más seguro, y de ahí el mal. El mal para la política

Enfrentado a las utopías políticas del renacimiento, Maquiavelo presupone que la malignidad humana es ineludible y no puede ser erradicada: lo único que se puede hacer es cultivar una virtù que permita una audaz política del mal menor por medio de la llamada razón de estado.

 Queda, naturalmente, para escándalo de los siglos posteriores, si esto no supone en realidad querer el mal o un abandono de lo más hermoso de la condición humana, el deseo de bien y de utopía, como afirma el filósofo alemán Peter Sloterdijk en su influyente Crítica de la razón cínica (1983), pues Hannah Arendt escribió que “la debilidad del argumento del mal menor ha sido siempre que los que escogieron el mal menor olvidan muy rápido que han escogido el mal”.11 Pero insistiendo en las ideas relativistas del maquiavelismo, Hobbes afirma que: «Mientras los hombres viven sin ser controlados por un poder común que los mantenga atemorizados a todos, están en esa condición de guerra, guerra de cada hombre contra cada hombre». 

Es decir, que el poder político colectivo atemoriza a los hombres (keep them all in awe) y gracias a ese «temor reverencial», gracias al miedo, se constituye un cuerpo político capaz de frenar mediante dominio y violencia (es decir, mediante el mal) la guerra y el caos continuo. La inclinación malvada de los hombres hace de nuevo necesaria la alianza del poder con el mal mismo para producir los resultados adecuados de la convivencia y la paz.

Para el liberalismo, el poder es un mal, desde luego… y un mal necesario, pero, por eso mismo, si queremos disfrutar de la seguridad que produce frente a la anarquía, también debemos controlarlo y limitarlo, ya que sin esta contención no es útil, no produce sus funciones asignadas, que son la seguridad, la paz y la convivencia; el mal, pues, ya que nos es necesario, ha de ser domado (esgrimiendo frente a él nuestros derechos), sometido (al consentimiento de los obedientes), vuelto sensible a nuestros intereses (mediante la representación), despedazado (dividiendo sus poderes), regulado (sometiéndolo al imperio de la ley).

Pero el hecho es que, frente a las tiranías que expresaban en el mundo antiguo las formas malvadas del estado, las utopías modernas que niegan la complejidad del hombre reduciéndola a una definición limitada han terminado fraguando formas nuevas y sin precedentes de estado maligno denominadas totalitarismos: el nacionalismo, el nazismo o el estalinismo y que según Hannah Arendt se fundan en un mal banal basado en la ausencia de pensamiento, en la incapacidad para pensar o juzgar; para ella la superficialidad, la falta de profundidad, precisamente, la pasividad y la rutinización de la obediencia es lo que permite el surgimiento del mal absoluto. El holocausto es indesligable de la racionalidad tecnológica, de la burocratización del pensar y el actuar, de las jerarquías sociales que permiten eludir el juicio por uno mismo remitiéndose a lo que determinen las autoridades establecidas. Para Zygmunt Bauman es propio de las “mentalidades de jardinero”, para las cuales la imagen del mundo es un jardín que hemos de modificar y manipular hasta «domarlo» y ajustarlo a las exigencias ideológicas de modo que sea de manera absoluta «lo que debe ser». El mal para la religión

Para las religiones abrahamánicas (judaísmo, cristianismo, islamismo) la concepción del mal deriva del dualismo con el bien y de la relación con un principio llamado Dios; se reduce al concepto de pecado. El budismo cree más bien en el principio del karma y que el sufrimiento es la consecuencia inevitable de afectos klesa que impiden la liberación o nirvana, principalmente tres: la codicia, la ira y la ignorancia (conocidas entre los budistas como los tres venenos). Porque el concepto de mal de la ética budista es consecuencialista en la naturaleza y no se funda en deberes para con una divinidad.

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