Las Intervenciones Extranjeras

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Intervención extranjera en la Guerra Civil Española

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Miembros de las Brigadas Internacionales.

La intervención extranjera en la Guerra Civil Española es el relato del papel que desempeñaron en la Guerra Civil Española los diversos países que intervinieron en favor de uno de los dos bandos enfrentados (la Alemania nazi, la Italia fascista y el Portugal salazarista en favor del bando sublevado; y la Unión Soviética en favor del bando republicano) y también el papel que desempeñó la política de “no intervención” seguida por Gran Bretaña, por Francia y por Estados Unidos.

La dimensión internacional de la Guerra Civil Española

La “guerra de España” (como la llamó la prensa internacional) tuvo una repercusión inmediata en las complicadas relaciones internacionales de la segunda mitad de la década de los años treinta.1 En Europa existía una pugna política, diplomática, ideológica y estratégica a tres bandas entre las potencias democráticas, Gran Bretaña y Francia; las potencias fascistas, la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini; y comunistas, la Unión Soviética de Stalin; y el “asunto español” fue enfocado por cada Estado europeo desde sus intereses concretos. Francia y Gran Bretaña veían que la “guerra de España” podía complicar aún más el difícil juego estratégico que se desarrollaba a escala europea. “Por ello, la primera orientación de la diplomacia de esas potencias fue la de procurar el aislamiento del conflicto español. A esa táctica obedeció la primera de las grandes medidas internacionales: el acuerdo general sobre la No-Intervención”.2

Pero los regímenes fascistas europeos (Alemania e Italia) y el Portugal salazarista apoyaron desde el principio a los militares sublevados, mientras que la República desde octubre 1936 obtuvo el apoyo de la URSS y de las Brigadas Internacionales (también recibió el apoyo casi simbólico de México). Este “apoyo internacional a los dos bandos fue vital para combatir y continuar la guerra en los primeros meses. La ayuda italo-germana permitió a los militares sublevados trasladar el Ejército de África a la Península a finales de julio de 1936 y la ayuda soviética contribuyó de modo decisivo a la defensa republicana de Madrid en noviembre de 1936″.3

La ayuda italiana y alemana que llegó al bando sublevado desde el inicio se incrementó notablemente a partir de octubre de 1936 cuando comenzaron a llegar al bando republicano la ayuda soviética y las primeras Brigadas Internacionales. A partir de ese momento, que coincide con el inicio de la batalla de Madrid, “la guerra ya no era un asunto interno español. Se internacionalizó y con ello ganó en brutalidad y destrucción. Porque el territorio español se convirtió en campo de pruebas del nuevo armamento que estaba desarrollándose en esos años de rearme, previos a una gran guerra que se anunciaba [la Segunda Guerra Mundial]”.4

La Guerra Civil Española ha sido considerada en muchas ocasiones como el preámbulo de la Segunda Guerra Mundial o como un episodio de la “guerra civil europea” que comenzó en 1914, con la Primera Guerra Mundial y concluyó en 1945 con el final de la Segunda Guerra Mundial. “La guerra civil española fue en su origen un conflicto interno entre españoles… [pero] nunca pudo ser una lucha entre españoles o entre la revolución y la contrarrevolución. Para muchos ciudadanos europeos y norteamericanos, España se convirtió en el campo de batalla de un conflicto inevitable en el que al menos había tres contendientes: el fascismo, el comunismo (o la revolución socialista, anarquista o trotskista]) y la democracia. (…) En la guerra civil española combatieron decenas de miles de extranjeros”.5

Hay un aspecto humanitario de la dimensión internacional de la guerra civil que no hay que olvidar: que la mayoría de las embajadas y legaciones extranjeras de Madrid y algunos consulados de capitales de provincia dieron asilo político a miles de españoles de ambos bandos que se encontraban en peligro de muerte.6 Las ayudas internacionales inmediatas Aviones italianos Savoia-Marchetti SM.79

Ante el fracaso del golpe de estado de julio de 1936 (en cuanto a la toma inmediata del poder), tanto los sublevados como el gobierno buscaron la ayuda internacional urgente. Los militares sublevados obtuvieron ayuda rápidamente de la Italia fascista y de la Alemania nazi. El mismo 20 de julio de 1936 el general Franco, que se encontraba bloqueado en África y pretendía cruzar el estrecho con las tropas coloniales, envió a Luis Bolín y al marqués de Luca de Tena a Roma para que se entrevistaran con Mussolini para que le proporcionara ayuda aérea (lo mismo hizo el general Mola, por su parte, que envió a Antonio Goicoechea, Luis Zunzunegui y Pedro Sáinz Rodríguez) y diez días después, el 30 de julio, aterrizaban en Nador, en el Protectorado español de Marruecos, nueve aviones Savoia Marchetti de los 12 concedidos a Franco (dos de ellos aterrizaron por error en Argelia, lo que aportó la prueba al gobierno francés de que las potencias fascistas estaban auxiliando a los militares sublevados).7 8 Mussolini tomó la decisión de responder afirmativamente a la petición de ayuda del general Franco “cuando se informó de que Hitler iba a apoyar a Franco y una vez comprobado que Francia y Gran Bretaña no iban a intervenir”.9

El 23 de julio llegaban a Berlín otros emisarios del general Franco (encabezados por Johannes Bernhardt, un comerciante residente en Tetuán y jefe del partido nazi entre la colonia alemana) que se entrevistaron con Adolf Hitler en Bayreuth, quien concedió inmediatamente la ayuda en aviones que se le pedía, iniciando la Unternehmen Feuerzauber (Operación Fuego Mágico)10 aunque la operación se haría a través de la empresa HISMA, que serviría de tapadera.8 El 26 de julio llegaron a Marruecos los primeros veinte aviones de transporte alemanes Junker, que se podían convertir fácilmente en bombarderos, acompañados por cazas. Con estos medios aéreos el [general Franco pudo organizar un puente aéreo con la península para transportar a los legionarios y a los regulares, y además conseguir la superioridad aérea en el estrecho de Gibraltar.

Los 20 transportes Junkers Ju 52 y los 6 cazas Heinkel He 51 transportaron entre finales de julio y mediados de octubre de 1936 más de 13.000 soldados del Ejército de África, además de 270 toneladas de material.9 Así pues, la situación de bloqueo en que se encontraba el Ejército de África (la principal fuerza de combate con que contaban los sublevados para tomar Madrid, una vez detenidas las columnas del general Mola en la sierra de Guadarrama) se pudo superar gracias a la rápida ayuda que recibieron los sublevados de la Alemania nazi y de la Italia fascista.11

Por su parte el gobierno republicano de José Giral solicitó el 20 de julio la ayuda de Francia (especialmente aviones) a lo que el presidente del gobierno del Frente Popular francés, el socialista Léon Blum, accedió en principio, pero el escándalo que montó la derecha francesa cuando se filtró a la prensa la petición le hizo desistir de hacer efectivo el envío de los aviones solicitados (aunque al final llegarían pero desarmados).12 Sin embargo, el factor fundamental en el cambio de actitud del gobierno francés de León Blum fue la posición británica de “neutralidad” en el “asunto español” y de que no respaldaría a Francia si ésta se veía involucrada en una guerra con Alemania a causa de su intervención en la Guerra de España (y para Francia el apoyo británico en caso de guerra era vital). Así pues, “Francia, políticamente muy dividida, tenía que actuar de acuerdo con las posiciones de Gran Bretaña. El Comité de No-Intervención fue una propuesta concreta que hizo la propia Francia el 1 de agosto de 1936″.2 El “Comité de No Intervención” Leon Blum en 1946

Francia y Gran Bretaña veían que la “guerra de España” podía complicar aún más la situación entre los países europeos y terminar en un gran guerra mundial. “Por ello, la primera orientación de la diplomacia de esas potencias fue la de procurar el aislamiento del conflicto español. A esa táctica obedeció la primera de las grandes medidas internacionales: el acuerdo general sobre la No-Intervención al que se sumaron 27 países de Europa, que nunca se plasmó en un documento escrito, y el establecimiento como consecuencia de ello de un Comité de No Intervención con sede en Londres”.13

La “no intervención” estuvo determinada por la política británica de “apaciguamiento” (appeasement policy) de la Alemania nazi, a la que se vio arrastrada el gobierno del “Frente Popular” de Francia, que sólo contaba con los británicos ante una posible agresión alemana. Además en Gran Bretaña las simpatías del gobierno conservador se fueron decantando hacia el bando sublevado, ante en el temor de que España cayera “en el caos de alguna forma de bolchevismo” (en palabras del cónsul británico en Barcelona), especialmente a partir de febrero de 1938 cuando Anthony Eden fue sustituido al frente del Foreign Office por Lord Halifax. Lo contrario sucedía con los laboristas y los sindicatos, además de muchos intelectuales, cuyas simpatías estaban con el bando republicano.2 14 Francia, por su parte, que al principio intentó tímidamente ayudar a la República, a la que cobró unos 150 millones de dólares en ayuda militar (aviones, pilotos, etc.), tuvo que someterse a las directrices del Reino Unido y suspender la ayuda (además Francia y Gran Bretaña intentaron desalentar la participación de sus ciudadanos en apoyo de la causa republicana aunque muchos franceses e ingleses fueron a España como voluntarios, entre los que destacaron André Malraux y George Orwell, integrados o no en las Brigadas Internacionales).

La idea de que los principales países europeos firmaran un “Acuerdo de No Intervención en España” partió del gobierno francés de León Blum, dos días después de descubrir el 30 de julio que los fascistas italianos estaban ayudando a los sublevados cuando dos de los aviones enviados por Mussolini al general Franco aterrizaron por error en la colonia francesa de Argelia. La idea del gobierno francés era que ya que no podían ayudar a la República (porque ello supondría abrir un gran conflicto interno en la sociedad francesa y además enturbiaría las relaciones con su aliado “vital”, Gran Bretaña), al menos podrían impedir la ayuda a los sublevados (como primera prueba de su determinación en la defensa de la “no-intervención” el gobierno francés cerró la frontera con España el 13 de agosto). El gobierno británico se sumó enseguida al proyecto, aunque el mismo “ponía en el mismo plano a un Gobierno legal y a un grupo de militares rebeldes”.14 Mapa que muestra las zonas de control de los cuatro países del Comité de No Intervención (rojo: Gran Bretaña; azul: Francia; verde: Italia; gris: Alemania).

A finales de agosto de 1936 los 27 estados europeos (todos menos Suiza) que suscribieron el “Acuerdo de No Intervención en España” decidieron “abstenerse rigurosamente de toda injerencia, directa o indirecta, en los asuntos internos de ese país” y prohibían “la exportación… reexportación y el tránsito a España, posesiones españolas o zona española de Marruecos, de toda clase de armas, municiones y material de guerra”. Para el cumplimiento del acuerdo se creó en Londres el 9 de septiembre un Comité de No Intervención bajo la presidencia del conservador Lord Plymouth, en el que estaban representados todos las principales potencias europeas, incluidas Alemania, Italia y la Unión Soviética.15

Pero en la práctica la política de “no intervención” se convirtió en una “farsa”, como la calificaron algunos contemporáneos, porque Alemania, Italia y Portugal no suspendieron en absoluto sus envíos de armas y municiones a los sublevados. El 28 de agosto, casi el mismo día en que se alcanzaba el acuerdo de “no intervención”, se reunían en Roma los jefes de los servicios secretos militares de Alemania, el almirante Wilhelm Canaris, y de Italia, el general Mario Roatta para “proseguir (a pesar del embargo de armas) los suministros de material bélico y las entregas de municiones, según las peticiones del general Franco”.16

La República comenzó a recibir material de guerra a partir de octubre de 1936 de la Unión Soviética y denunció ante la Sociedad de Naciones la intervención de las potencias fascistas en favor de los sublevados, aunque éstas nunca fueron amonestadas. La única victoria republicana en este campo fue el acuerdo de Nyon (Suiza) del 14 de septiembre de 1937 por el que se dispusieron patrullas navales para localizar a unos submarinos desconocidos (en realidad eran italianos) que venían hostigando a los barcos que abastecían a la República (algunos de ellos de bandera británica). Inmediatamente los ataques de estos submarinos “fantasmas” cesaron.

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